07 abril 2013

Oficio poético: correspondencia Jorge de Sena - António Ramos Rosa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Son ya varios los volúmenes de la ingente correspondencia de Jorge de Sena que han visto la luz en los últimos tiempos gracias a la labor de su viuda, Mécia de Sena, y de Jorge Fazenda Lourenço; entre otros, los que recogen las cartas intercambiadas entre Sena y Sophia de Mello, Eduardo Lourenço, José Régio, Vergílio Ferreira,… El de más reciente aparición recoge parte sustancial de las jugosas cartas que Sena y António Ramos Rosa se enviaron entre 1952 y el año de la muerte del primero. Como a buen seguro la correspondencia entre estos dos gigantes dará para mucho (y a ella volveremos a referirnos), quedémonos hoy con un trecho de la relación epistolar en que ambos correspondientes definen su visión del oficio poético. La de Sena es su breve, pero definitiva, versión de la rilkeana Carta al joven poeta; la de Ramos Rosa, la inevitable respuesta del joven poeta al maestro (que nos negó Rilke). Dos veneros que nacen de fuentes distintas (la del compromiso radicalmente individual Sena; la de la aspiración del todo Ramos Rosa), pero que confluyen inevitablemente en la pasión con que ambos dedican sus vidas al poema.

Jorge de Sena: “La poesía es un veneno que liquida más o menos deprisa a la persona que inocula. Siempre ha sido así: no se imagine que eso es una conquista amena de la poesía moderna. No. Siempre lo fue, como actividad absorbente del espíritu, como ocupada ociosidad. Lo que nunca fue, a no ser después de brillantes épocas, es un veneno de segunda mano, es decir, un veneno no por sí mismo sino porque nos dejemos llevar en el aroma que desprenden otros realmente envenenados… Para mí el mayor peligro es precisamente este: el de, si somos poetas, serlo menos arriesgadamente de lo que merecería la pena. La comunión de la poesía ajena, de la mejor, es un incentivo insaciable y una consolación. ¿Me permite que le diga algo? Tengo la impresión de que ustedes [los jóvenes poetas] leen demasiada poesía (¿sabe usted que nosotros, los poetas, somos tradicionalmente los peores y más descuidados lectores de versos?) – se embeben de poesía… y van después a verla, a buscarla, a identificarla, en las cosas, en los acontecimientos, en las palabras. Y claro que la encuentran. Pero aquella otra, única, que habría de acercase un día hasta ustedes –esa nunca llega. Y después, se pierde el hábito… y puede que no vuelva nunca más. Y la persona continúa siendo poeta por ocupación, más perspicaz y más hábil cuanto más siente que huye la otra, y que necesita justificar a sus propios ojos una existencia comprometida por la mirada ajena. Porque no es el derecho de no hacer lo que no queremos hacer lo que nos convierte en poetas: es la propia actividad poética la que nos niega ciertas cosas en que no puede ella apoltronarse perezosamente.” (27/01/1953)

António Ramos Rosa: “!Qué difícil y qué fácil ser poeta! Ser poeta –he ahí el enorme problema: ¿se es poeta? Reconociendo la osadía de basarme en mí mismo, diré que yo, si soy poeta, al cabo no lo soy porque de nada me ha valido serlo. Ser poeta debería imponer una presencia constante, válida, luminosa, el poeta debería bastarse enteramente a sí mismo y transportar consigo el universo. Pero, ¿quien, !ay!, se siente hoy con fuerzas para semejante tarea? ¿Acaso no está muriendo la poesía? ¿La posibilidad de este imponderable que es la poesía no es al final un resultado de un todo cultural, socio-económico que falta aquí por completo? ¿Dónde queda esa independencia del poeta o, por otro lado, no es la independencia algo que se consigue gracias a ese complejo todo socio-económico-cultural? Claro que los que no son poetas tienen siempre mil determinismos para explicar la razón por la que no son genios… ¿Pero no se puede plantear la cuestión en estos términos?” (18/04/1953)

Otras dos reseñas

Enrique García Fuentes escribió ayer en el “Trazos” del Diario Hoy una generosa e inteligente reseña de “Limo y luz”; aquí dejo su último párrafo:

“Nos une la lengua común pero parece separarnos una distancia más espiritual que física; dicho de otra manera, el DF que nos presenta Marina es algo que, aun considerándolo casi propio no terminamos de lograr hacer nuestro del todo. ¿Tal vez porque el limo que sustenta la poliédrica escritura de este libro está fermentado en nombres que nuestro sustrato no alcanza o porque la luz que esta madura remembranza transmite es demasiado compacta para nuestros ojos vueltos sólo a lo que consideramos estrictamente cercano? Pues sepan todos que esta obra es de las que derriba tópicos y nos enfrenta a realidades que sólo están distanciadas por nuestros prejuicios; tarea de cada uno será afrontarlo desde la lectura concentrada de tan delicado canto de amor como es este libro.”

También recientemente ha aparecido, en el segundo número de la revista canaria “Piedra y cielo”, una curiosa reseña de “El encantamiento”, la antología de Alberto de Lacerda. Curiosa entre otras razones porque el reseñista, Régulo Hernández, parece más preocupado en demostrar que conocía la poesía de Lacerda antes de la aparición de esta antología que en la propia tarea de reseñarla. No importa. Lo que de verdad importa es que “El encantamiento” haya servido de excusa para que la revista dedique buena parte de su espacio a Alberto de Lacerda (incluyendo, además de la reseña, una traducción de siete poemas extraídos de los “Selected poems”). En la tarea de difundir la vasta obra de Lacerda no sobra ningún esfuerzo.

05 abril 2013

Amistad y más caminos errados

Siempre he pensado que la amistad no es accesoria a la tarea de la escritura, sino elemento que habita en su mismo centro. “El encantamiento”, la antología de Lacerda, surgió de la amistad con Luís Amorim de Sousa, y además me regaló a otro amigo, Elías Moro, quien ha tenido la gentileza, él que domina este género como pocos, de publicar en su blog algunos aforismos de mis “Caminos errados”.

08 marzo 2013

He escrito el libro…

Oigo y leo con cada vez más frecuencia, aun a gente que uno tiene por inteligente, una frase que causa cierto placer al oído la primera vez que se escucha, pero que, cuando comienza a repetirse y amenaza ya con volverse lugar común, acaba por revelar su verdadera naturaleza: la de ocurrencia, cuando no simple y llanamente la de estupidez. Pese a ello el escritor, siempre afectado, consciente de la trascendencia de las palabras que va a pronunciar, se planta delante del micrófono —esto se dice siempre delante de un micrófono, y si es posible delante de una cámara, pues delante del espejo produce un efecto mucho menos espectacular— y sentencia sobre su último libro: “He escrito el libro que me habría gustado leer”.  A mí me suele pasar justo lo contrario: de vez en cuando encuentro libros que me habría gustado escribir. Rareza mía.

18 febrero 2013

Dos poemas de A.M. Pires Cabral

EN EL CASTILLO DE ANSIÃES

Ya sé que lo que pasado pasado está,
la historia no es una serpiente
que se muerde la cola;

que los que aquí vivieron ya ni huesos son,
sopló sobre ellos el viento
extinguiendo la poca llama que fueron;

que cesó todo ruido, de fiesta o querella,
descompuesto en la acidez de los días;

que los lugares donde acaso podría haber quedado
impresa alguna huella accidental,
alguna hendidura en la piedra con vocación de historia,
están cubiertos por zarzas y avena salvaje.

Ya sé que los horizontes
que vamos recogiendo de lo alto de la muralla
con las cautelosas pinzas del afecto,
contrariamente a los que murieron,
ahí siguen
perpetuo desafío al viento y la mirada.

¿Y si ya sé todo eso:
carne frágil, minerales perennes;
y si con todo eso me conformo, como hombre
sobre quien también un día ha de soplar
el tiempo, y está dispuesto a perdonar;

por qué esta agua insumisa
que lentamente me moja el reverso de los ojos?


¿DE QUÉ SE RÍE YORICK?

I

¿Qué hace reír al bobo Yorick?
Completamente carcomido, circunscrito
a una caja de huesos vagamente redondeada
con algunos orificios
por donde se diría que entró la vida
y ahora no entran sino escarabajos,
babosas, larvas, las extensas
raíces de las hierbas dañinas
-¿qué hará reír a este hombre que fue?

Solo quizás –digo yo-  las impertinentes
cosquillas de la eternidad.

Que también a mí algunas veces
me han hecho reír antes de tiempo.


(De ARADO, Cotovia, 2009; Traducción: L.M.M.)

17 febrero 2013

Coloquios con Berenson

Berenson_positive
De uno de mis últimos viajes a México me traje en la maleta los Coloquios con Berenson de Umberto Morra, libro que había leído citado en algún otro libro que -como me suele pasar- ya no recuerdo. Confundido desde entonces en una de las pilas en el suelo de la biblioteca, ha llegado esta semana, cuando ya ni me acordaba de él, hasta mis manos, intonso aún. La edición, la del Fondo de Cultura Económica de 1968, es (hasta donde sé) la primera en nuestra lengua, y se encuentra sin mayores dificultades en  lance. En España (repito, hasta donde sé, ojalá alguien me corrija), los Coloquios permanecen inéditos, algo que hasta cierto punto esperaba.  Confieso que me ha sorprendido más descubrir que las obras más conocidas y leídas de Berenson, su serie de cuatro estudios sobre los maestros italianos agrupados bajo el título Italian Painters of the Renaissance , no han vuelto a ser publicadas entre nosotros desde la edición de Garriga en 1954.  De nuevo aquí, México nos llevó la delantera: la editorial Leyenda (fundada en tierras mexicanas por el exiliado valenciano Bolea) los publicó en 1944. En bella edición con prólogo y traducción de otro exiliado, Juan de la Encina, admirador de la obra de Berenson y quien se empeñó por introducirla entre nosotros –con escaso éxito, como se puede comprobar.
Formado en Harvard y Oxford, relacionado con los mayores coleccionistas de arte, Berenson fue considerado uno de los historiadores del arte más relevantes de su tiempo, hasta tal punto que sus cuatro obras mayores eran conocidas en la disciplina como “los cuatro evangelios”, destacando por su ingente labor de atribución de obras. Sus libros, por ejemplo los de la serie de los pintores italianos del Renacimiento, recogen largas listas de obras clasificadas por autores, pero también brillantísimos ensayos introductorios que abren los ojos de cualquier profano acerca de las circunstancias en que se desarrollan cada una de las escuelas y las peculiaridades del pincel de cada uno de los maestros.
Entre 1931 y 1940, el periodista italiano Umberto Morra frecuentó la residencia de los Berenson, la villa “I Tatti”, en las colinas de Settignano, a las afueras de Florencia. Pronto el periodista comenzó, provisto de cuaderno, a tomar notas de las conversaciones con Berenson. Esos apuntes conforman la base de los Colloqui, que Morra publica en 1963, poco despúés de la muerte de Berenson y en los que la única voz que suena es la del maestro.
A continuación se transcriben algunos fragmentos de estos jugosos Coloquios (que en algúm momento fueron editados con el subtítulo “Del arte y la vida”), en los que Berenson revela una inteligencia vastísima, pero nunca abstracta, siempre apegada a la materia de que el hombre y, sobre todo, el arte están hechos, al mundo. A la filosofía (envanecida de su tiempo), Berenson opone la materialidad de la historia, la materialidad de la belleza hecha arte. Una inteligencia que se define a través de la lente del arte más bello, el arte de la última época de la historia occidental en que creímos que podíamos ser dioses. 

Arte

Para apreciar la pintura, una sola enseñanza es posible: mirar; mirar hasta que la pintura haya penetrado adentro y forme parte del ánimo… He pasado días enteros en el Louvre, parado frente a los cuadros… He aprendido a conocerlos todos, uno por uno, a volver a verlos en mi memoria, como estaban dispuestos en las salas; entonces han empezado a trabajar dentro de mí…

*

Nada me satisface como el arte antiguo. Su necesidad, su sencillez, su inmediación, su verdadera humanidad, a la que yo vuelvo como una necesidad. Comer pan, beber agua, para mí es lo mismo.

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En el barroco se toma contacto nuevamente con la tierra, el arte se hace, así, popular; por esto también se puede seguir fabricando barroco naturalmente.

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Los brazos del Moisés son musculosos pero delgados; lo demás, tronco, cabeza, barba y pies son de un gigantesco Dios fluvial; ningún misterio en la ideación, sino una gran forma marina vestida con profusión de algas. Las tablas de la ley desaparecen. Pero la delgadez de los brazos, pegados a las grandes espaldas y a las grandes manos, !cómo es ya un signo barroco!

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La esencia de lo bello. Según mi parecer, si se proecede indagando, en el fondo de lo bello se encuentra lo bueno, como en el fondo de lo bueno se encuentra lo bello; es una fusión que forma el sentido del destino humano; bello (y bueno) lo que no contradice, sino que ayuda y acompaña el destino humano, un quid que tiene, por lo tanto, en sí algo de heroico y trágico.

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Miguel Ángel hubiera debido morir a los cuarenta años, al terminar la Capilla Sixtina., Se habría perdido así su Juicio Universal, las tumbas, la capilla Paolina y otras obras; pero, por otra parte, se habría ganado con no tener que hacer cuentas, ahora, con su prepotente influjo que se ha difundido por dondequiera. En Florencia el camino del arte estaba ya marcado; pero en otras partes los efectos del ejemplo de Miguel Ángel fueron deletéreos. La retórica del músculo, del esfuerzo, de lo enorme, del sentimiento heroico sobre las almas que no habían nacido para participar en eso, enturbió por todas partes la época sucesiva; de los Carracci a Tiziano, y a Tintoretto y hasta el último Rafael, sin contar a los extranjeros. La energía humana cuando es tan potente es devastadora; piénsese en Wagner.

Libros

La fama del África, el poema latino de Petrarca, es provocada por la dificultad y por el tedio de la lectura,; quien llega al fondo está tan apresado por la importancia de su cansancio, que los pocos versos bellos que se encuentran en él le parecen maravillosos.

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Leer las cosas nuevas con el solo objeto de “estar al corriente” es uno de los pecados contra el espíritu. A las cosas nuevas no hay que dedicarle más que la décima parte del propio tiempo y una parte mínima de la propia energía.

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Mary (Berenson; su mujer) ha arruinado mi vida alentándome a escribir libros. Si no hubiese escrito libros, ¿qué me habría vuelto? Me habría vuelto un verdadero gentleman.

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El arte del narrador es distinto del “saber escribir”… Los ingleses lo tienen en un grado sumo; por eso son excelentes historiadores…Si un libro está bien “narrado” lo leemos con gusto, y luego apreciamos también sus otras cualidades.

Otros

En Nápoles sentía un éxtasis como el de la Virgen Anunciada ante el Ángel. El milagro se debe al hecho de que la vida civil en Nápoles, como en casi toda Italia, dura desde hace tres mil años. No es así en todas partes: hay vacíos de siglos. Especialmente en Grecia.

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Los filósofos, todos, usan palabras que repiten continuamente sin haberlas definido; cada uno tiene su preferida, como Croce la palabra “espíritu”; yo entiendo más o menos lo que significa, pero quisiera que la explicase él por sí mismo.

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Los psicoanalistas no se ocupan de la mente de los pacientes, no creen en la mente sino en un intestino cerebral.

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Los hombres no saben resistir la atracción de los automóviles. Si se hubiese podido presentar un automóvil a Platón, Platón se habría vuelto Ford.

16 febrero 2013

Álvaro Valverde lee “Limo y luz”

La siempre inteligente lectura de Álvaro Valverde, hoy en su blog: http://mayora.blogspot.pt/2013/02/un-mundo-raro.html

En la presentación de LyL en Madrid, esta misma semana, decía yo, y perdón por la cita:

“¿Por qué “Estampas luminosas de la ciudad de México”? Por homenaje también. Homenaje por partida doble: a Manuel Gutiérrez Nájera, uno de los fundadores de la crónica contemporánea en nuestra lengua; y homenaje a Alfonso Reyes, que entre 1914 y 1917 escribió los Cartones de Madrid y de esa manera dejó en nuestra plaza (en la Puerta del Sol o en la Plaza Mayor, aquí a unos cuantos pasos) un guante que solo alguno de los exiliados españoles que recalaron en mexicanas tierras (pienso en el Rejano de La esfinge mestiza; el Moreno Villa de las dos Cornucopias mexicanas; antes que ellos en el Zorrilla de México y los mexicanos) buscó recoger, con desigual éxito, y con igual (por nula) recepción en España.”

Pues lo dicho, Álvaro, muchas gracias.

03 febrero 2013

Y dos (reseñas) de “Limo y luz”


Comienzan a aparecer las primeras reseñas de “Limo y luz”. De la versión mexicana, en LA JORNADA SEMANAL, suplemento cultural del diario La Jornada, escribe hoy domingo Antonio Soria :




Un extranjero mexicano
Antonio Soria

Español de nacimiento, el autor de las crónicas-ensayos que integran este volumen debe ser consciente –muchas de sus líneas así lo sugieren o francamente lo confirman– de su pertenencia a un grupo de autores ecléctico por partida múltiple: en lo profesional y en lo cronológico, para empezar pero, grupo al fin, unificados por dos gestos del espíritu, el primero de ellos causa y el segundo consecuencia.

A ese conjunto pertenecen lo mismo Bernal Díaz del Castillo que Alexander von Humboldt, y quien se sobresalte ante la mención de nombres así de inalcanzables descubrirá, cuando se interne en este Limo y luz, que sin lugar a dudas su autor comparte con aquéllos ese primer gesto espiritual antes mencionado, consistente en el deslumbramiento, el enamoramiento, la fascinación genuinas que en ellos ha provocado, para el primero, la Gran México-Tenochtitlan, y para el segundo “la muy noble y leal Ciudad de México”, dicho sea precisamente con las fórmulas aquí más adecuadas. Que comparte, como no podría ser más obvio, el segundo gesto-consecuencia, es decir, el impulso, la necesidad, el placer de dar cuenta de tal cautivación, y hacer que conste por escrito…


Seguir leyendo el texto completo aquí: http://www.jornada.unam.mx/2013/02/03/sem-leer.html


De la versión española, en la web de la Aula Europea de Humanidades, por mi querido amigo Ignacio Vázquez Moliní:

…. ¿Cómo definir esta nueva obra de Luis Marina? No sé yo como catalogarla. ¿Es de nuevo un libro poético? Claro que sí. ¿Y de literatura de viajes? También. ¿Tiene algo de novela? Algo, no: casi todo. Imagínense entonces, si perdido anda el crítico, cómo de perdidos deambularán los demás lectores, alucinados entre los muros de este laberinto magistral que Luis Marina ha ido levantado con calma y sabiduría a lo largo de las páginas. Uno se pregunta si no será que, en efecto, siendo la ciudad de México tan propensa no ya a la confusión sino al más profundo galimatías urbano, la forma narrativa que mejor se adapta a sus perfiles es la que lejos de esclarecer confunde todavía más. El incauto lector se convierte así en viajero desorientado por las plazuelas, avenidas y cerros de México. Qué más quisiera el pobre, sin nunca conseguirlo, que seguir los pasos de un narrador del que sabemos poco más que es extranjero. El viaje que inicia al abrir el libro le lanza hacia terrenos que siempre le serán desconocidos, por mucho que antes haya caminado por las calles de una ciudad como México, que según advierte el extranjero, está preñada de muerte, desde el Zócalo, biombo apaisado, gran teatro del mundo, hasta Chimalhuacán, extremo oriente de la urbe desmedida, donde dignidad y privación son casi sinónimos...

Una (breve) reseña de “El encantamiento” en el suplemento cultural de ABC (02/02/13)


BELLÍSIMO PALACIO

Carmen R. Santos

Nacido en Mozambique en 1928 y muerto en Londres en 2007, Alberto de Lacerda es una de las voces líricas imprescindibles de la poesía portuguesa del siglo XX. Pese a ello, su figura no es de las más conocidas, por lo que resulta especialmente oportuna la publicación de esta antología bilingüe, con selección, versión y prólogo del poeta y diplomático extremeño Luis María Marina. El volumen recoge poemas de sus cuatro primeros libros: 77 poemas, Palacio, Exilio y Color azul, pues, a juicio del antólogo, estos sostienen toda su obra poética posterior.

Alberto de Lacerda, que vivió casi toda su vida fuera de Portugal –entre otras ocupaciones fue locutor y periodista de la BBC–, hizo de la lírica su verdadera razón de existir, desarrollando una voz de enorme singularidad, cuya poesía, apunta Marina, habita «en un territorio circular delimitado por tres estaciones: el exilio, la divinidad y la luz». Precisamente la primera de ellas le marca con fuerza, como se aprecia, por ejemplo, en su poema «Hielo».

Esta es una buena ocasión para disfrutar de unos versos calificados por Luis María Marina como «un bellísimo palacio transparente».