23 octubre 2015

Nuevo libro de Nuno Júdice


Llega de Lisboa, como una lufada de brisa atlántica en este recio otoño madrileño, A Convergência dos Ventos, el libro más reciente de Nuno Júdice. Me reafirmo en lo que hace ya algún tiempo escribí aquí: cada nuevo libro de Júdice es una promesa de gran poesía, que además siempre resulta satisfecha. Y esto con una regularidad asombrosa, desde hace décadas, para el lector portugués. Pero también en los tiempos más próximos (circunstancia que añade un motivo a la celebración) para el español. Amén de las varias antologías aparecidas a raíz de la concesión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y de las ya existentes con anterioridad (en España y del otro lado del Atlántico), sus dos poemarios más recientes contaron rápidamente con ediciones en nuestro país: Navegação de Acaso (Navegación sin rumbo, Editora Regional de Extremadura, 2014) y O Fruto da Gramatica (El fruto de la gramática, Valparaíso, 2015). Una tónica que espero se continúe con esta entrega -demostrando que cada vez somos más los que cada año esperamos nuestra dosis, tan necesaria, de Júdice. Entretanto, aquí quedan dos poemas de A Convergência dos Ventos.




REGRESO A HÖLDERLIN

Cuando partí del extremo de que hölderlin podría
servir de ejemplo para el uso poético de la locura,
no había visto en qué circunstancias se había encerrado
en una habitación con una ventana que daba al río. Y cuando
la abría, el curso del agua le parecía el curso del tiempo
y se quejaba de su música, que comparaba
con el caer del agua en la clepsidra, engrosando el caudal
de las horas hasta inundar las orillas. Y recelaba que
el tiempo le alcanzase y lo ahogase,
en su habitación donde vivía fuera del tiempo.

Entonces, se tapaba los ojos cuando iba a asomarse
a la ventana. Pero el viento le golpeaba en la cara, y se sentía
como un pájaro arrastrado
hacia el fondo de los continentes más lejanos. Y
gritaba el nombre de la mujer amada, que tal vez ya había
muerto, pero a la que seguía llamando como
si ella lo oyese. Desde la otra orilla, los niños
se burlaban de él, y le respondían: "¡Estoy
aquí!" Y él lloraba, aunque los locos no deban
tener sentimientos, ni sufrir con las cosas del mundo.

Hoy, al visitar aquella habitación de la torre de hölderlin,
podemos ir a la ventana, taparnos los ojos y, como él,
gritar el nombre de la mujer que él llamaba. Ninguna
voz lo repetirá, en eco. Hoy, la locura no forma parte
de los rituales que puntúan la vida. Quien ha enloquecido anda
en medio de la gente, como si la razón le perteneciese,
ordena a los muertos en la carpeta de la memoria, y los deja
estar para que nadie los recuerde. Sin embargo, al destaparnos
los ojos, hölderlin surge frente a nosotros y nos extiende
los brazos llenos de los instantes que nunca vivió.


UNA NUEVA CUESTIÓN PRÁCTICA

Pero, ¿qué es lo real? Y, de no hacer esta
pregunta, ¿tendría que preguntar si lo real es esta
lluvia que me obliga a andar más deprisa,
entre una calle y otra, para evitar
las gotas porque hay árboles a lo largo del
paseo, o esta forma de organizar el verso,
no dejando que se desborde más allá
de la mitad de la línea? Sí, lo sé, quien anda
bajo la lluvia se moja, y quien lee el poema, en
casa, oyendo el golpeteo de la lluvia en los cristales,
no piensa en la poesía, sino en la suerte que tiene
por haber llegado a casa y, en una actitud bien
burguesa, estar sentado con un libro en la
mano. Ahora bien, yo le digo a quien me lee, el lugar
del poema no está en la mano sino en el corazón:
y si este late más deprisa, eso no se
debe al ritmo del poema, sino al hecho
de haber corrido entre una calle y otra,
para evitar la lluvia. Así, lo real
es la lluvia que cae en el poema y no allá afuera,
y esto me obliga a preguntar qué
es lo real: ¿lo que está en el mundo o solo
lo que nació de estas palabras?

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